Fernanda creció en el seno de una familia como Dios manda, de derechas y católica por supuesto, pero ella ahora era liberal, incluso izquierdosa, en el sexo la mejor, nadie se le resistió nunca. En su empresa gracias a su encanto y don de gentes, le habían dado un despacho con un mostrador junto a la puerta de entrada, además de ser la responsable de contestar al teléfono. Era la mejor, la que daba todo, todo por sus amigos. Por eso le odiaba, le odiaba profundamente, el era el único que la conocía de verdad y no le soportaba. Tenia que acabar con el.

Un domingo cuando su marido le traía el desayuno a la cama, le ordenó que rompiera todos los espejos que hubiera en la casa.